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La Tierra de la Discordia

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El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu (o “Bibi” para sus simpatizantes) aproximadamente hace 3 meses que avaló la construcción de 1100 nuevas viviendas en los asentamientos Israelíes de Cisjordania, demostrando claramente su férrea y apática postura frente a la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de la ONU[1], que lo han llevado a ser criticado duramente por la comunidad internacional, toda vez que esta política expansionista y caprichosa por parte del Estado de Israel es una flagrante violación al derecho internacional, concretamente del Convenio IV de Ginebra.

Lo anterior, teniendo en cuenta que Israel, en tanto Potencia ocupante no ha cumplido con las obligaciones descritas en el Artículo 60 y demás normas concordantes del Convenio IV de Ginebra[2], además de que la ONU ha venido advirtiendo en reiteradas ocasiones que la construcción de estos asentamientos y puestos de avanzada en el territorio Palestino ocupado, no revisten ningún fundamento jurídico posible, lo que reafirma la ilegalidad con la que está actuando el Estado Israelí.

Aunque esta conducta no es algo nuevo, teniendo en cuenta que desde la firma del armisticio de 1949 el cual delimitó el naciente Estado judío de Israel del resto de Palestina, el Estado de Israel se ha hecho poco a poco con territorio perteneciente al Estado Palestino; inclusive del control total de Jerusalén, que estuvo bajo control musulmán durante siglos y a su vez esta ciudad representa especial devoción para los principales credos de las religiones abrahámicas. Lo cual ha desembocado en graves enfrentamientos a lo largo de los años en lo que se conoce como el conflicto Palestino-Israelí.

Es así, que desde el mismo momento de la ocupación Israelí en 1967 los planes de su gobierno han sido demasiado evidentes, avivados por el fervor religioso y el nacionalismo Judío. Considerado como una de las potencias militares más feroces de Medio Oriente cuyo principal aliado militar y político son los Estados Unidos en la región; es claro, que lo que busca el gobierno de Tel Aviv es la anexión total del territorio Palestino al Estado de Israel (Incluida Jerusalén) a través de la construcción de asentamientos como medio de presión, para desplazar a los habitantes Palestinos de Cisjordania y Gaza.

Pese a los acuerdos de paz de Oslo en 1993, el Estado de Israel no ha cesado en su afán expansionista en el territorio Cisjordano, lo cual podemos evidenciar con el levantamiento de aproximadamente 130 asentamientos y 97 puestos avanzados (Estos últimos ilegales, inclusive a la luz de la legislación Israelí) y sin contar con las carreteras y la infraestructura necesaria para su protección; lo anterior, supone una violación descarada a la soberanía del Estado de Palestina impidiendo la libre locomoción, el desarrollo económico e inclusive el uso del propio terreno por parte de los ciudadanos Palestinos, ya que los asentamientos y sus anexidades se construyen bajo soberanía Israelí.

En el último año, y después de 20 años sin haber construido asentamientos, Israel  ha vuelto a construir asentamientos en territorio Palestino, dificultando cualquier futuro proceso de paz y más grave aún, la independencia para que Palestina pueda desarrollarse como un Estado autónomo y efectivo.  Acrecentando, con estos actos, aún más las pugnas religiosas, políticas y el sentimiento de represión de los extremistas árabes por parte de los colonos judíos de Israel, creando más tensiones civiles y el impedimento a la búsqueda de una paz duradera en este territorio.

Todo lo anterior, aunado al hecho de que el primer ministro Israelí es uno de los políticos más sagaces e influyentes en el ámbito internacional, ya que se ha labrado una brillante carrera política en los cargos más importantes de su Nación; toda vez que Netanyahu no solo ha fungido como primer ministro del Estado de Israel, sino también como ministro de relaciones exteriores, ministro de finanzas e inclusive como comando de las fuerzas especiales del Sayeret Matkal (reconocida unidad de elite de las FDI).  Logrando así, una gran popularidad y aceptación, respeto y admiración por parte de los ciudadanos Israelíes, a pesar de sus escándalos de corrupción y su posición beligerante frente a la búsqueda de una solución amistosa de paz en Medio Oriente.

A pesar de los ingentes esfuerzos de la comunidad internacional por frenar la construcción de asentamientos en Cisjordania, parece que el gobierno Israelí no piensa dar marcha atrás en su política de levantamiento de asentamientos y mucho menos de ceder la soberanía de estos, ni dar cumplimiento a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, las cuales han declarado la ilegalidad de los asentamientos, y resoluciones de la UNESCO en donde se ha indicado que Israel no tiene derechos legales y/o históricos frente a Jerusalén, señalando a este como una potencia ocupante.

En este momento debemos preguntarnos ¿No es hora de que la ONU imponga sanciones reales y efectivas a Israel? Porque lo único a lo que se ha limitado la comunidad internacional es a dar recomendaciones o llamados de atención, encontrándose con respuestas en tono burlesco y toscas por parte de Netanyahu, calificándolos de “absurdos, descabellados y desconocedores de la conexión histórica del pueblo judío con su tierra”.  

El discurso reiterado del antisemitismo, infundado en el pueblo judío posterior al Holocausto Nazi de la II Guerra Mundial, debe dejar de ser un aliciente por parte de la comunidad internacional para no actuar conforme al derecho internacional en búsqueda de la libre autodeterminación de los pueblos y el respeto de los Estados frente a los tratados internacionales que ratifican y a los cuales se obligan.