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La !PAZ! anhelo de todos, compromiso de todos.

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El Centro de estudios Juan Gelman para la Justicia Penal Internacional y los Derechos Humanos, celebra el anuncio hecho por los negociadores del Gobierno y las FARC sobre el acuerdo final y definitivo, al que se llegó en el marco de las negociaciones de paz en la ciudad de la Habana, Cuba. El día de ayer los  equipos negociadores anunciaron, después de cuatro años de conversaciones y 50 de conflicto armado, que existe un acuerdo para iniciar la construcción de una paz estable y duradera.
 
Diferentes instancias académicas y judiciales (como lo es la Corte Interamericana de Derechos Humanos) han resaltado la importancia y la superioridad, desde el punto de vista moral, de conseguir una salida negociada al conflicto. Es necesario comprender que el estado de cosas en Colombia ha tocado fondo,  que esta sociedad no soporta un día más de violencia y que son los habitantes de la periferia olvidada de esta país, a donde no existe presencia estatal, quienes han tenido que soportar el mayor peso de este cruel conflicto. En ese sentido, resulta valido y necesario preguntarse sobre la posibilidad de darnos una oportunidad para que las cosas cambien.
 
Tiene la razón quien afirma que la paz no depende de un acuerdo sino que es una construcción conjunta entre Estado y sociedad civil; también quien dice que el día de mañana no nos vamos a levantar en un país pacificado y libre de violencia. La paz es un proceso que se construye desde lo microsociológico y que comporta un proceso diario de respeto y tolerancia por el otro, por la familia, por los hijos, por los padres, por las etnias, por las negritudes, por los homosexuales y por todos nuestros semejantes, solo cuando entendamos eso vamos a ser un país en paz.
 
No obstante, desarmar a las FARC supone un elemento de contexto esencial para ese escenario tan anhelado. Sus integrantes han conformado la guerrilla más antigua de Latinoamérica y el Estado se ha mostrado incapaz de derrotarlos a sangre y fuego; por eso y en aras del respeto por la vida, el Estado debió sentarse a negociar, tratandolos como pares y hacerles entender que la mejor vía para terminar con el círculo vicioso compuesto por causas objetivas del conflicto es el diálogo. Hoy se ven los frutos, constituyendose un gran primer paso.  
 
Hoy tenemos como sociedad la oportunidad de hacer lo que no hemos hecho en más de 50 años de conflicto. La posibilidad de sentarnos a pensar si en realidad las FARC eran el principal problema de este país o si la corrupción, la falta de educación, la ausencia de Estado en las regiones apartadas y las insatisfacción de las necesidades más básicas de los habitantes del territorio son en verdad el palo en la rueda de esta nación; lo que en realidad no nos ha permitido edificarnos como una sociedad más justa y equitativa.
 
Es un deber de los negociadores poner en el centro de todo esto a las verdaderas víctimas, a quienes han puesto los muertos en este medio siglo de guerra, a quienes se han desplazado por la causa de la violencia, a quienes han desaparecido y atacado a lo largo y ancho del territorio. Pues de enaltecer la condición de víctimas y de satisfacer sus derechos, depende que el paso que hoy se da hacia la paz no sea un paso en falso. Por eso es esencial que quienes tuvieron responsabilidad en actos de violencia, violaciones masivas a derechos humanos y crímenes de guerra, así lo admitan; asimismo que digan la verdad a las víctimas, que se acojan al sistema de justicia acordado, que conjuntamente con el Estado reparen a sus víctimas y sobre todo, que garanticen que hechos como los ocurridos no tendrán lugar jamas.
 
Este proceso de paz que está a punto de terminar impone a los negociadores, al Estado y a la sociedad unos retos de corto, mediano y largo plazo que exigen que los ciudadanos estén prestos a la reconciliación para garantizar la sostenibilidad y viabilidad del proceso. El primero de ellos, se ve representado en asumir con responsabilidad que estamos de cara a un plebiscito para refrendar lo acordado en La Habana. Ese reto nos obliga como ciudadanos a informarnos y no desinformar al otro, también nos lleva a pensar cual es el tipo de país que queremos dejarle a las próximas generaciones; es decir si queremos que estas asuman un país con o sin FARC, lo cual cambia sustancialmente el panorama hacia el futuro. Es responsabilidad del colombiano no permitir que la paz se politice, la paz no pertenece a un sector político especifico, la paz es de los colombianos y la guerra nos afecta a todos. Es un desafío para la organización electoral garantizar el voto libre e informado, la transparencia de la elección y las garantías para la oposición, pues de su actuar depende la legitimidad del resultado.
 
Por su parte, es un deber del Gobierno publicar los acuerdos, promover un escenario de pedagogía serio, cierto y confiable, que le permita a la ciudadanía indecisa conocer y apropiarse de los acuerdos a efecto de emitir un voto consciente. Es un deber de las FARC abstenerse de constreñir tanto a la ciudadanía como a sus integrantes, igualmente dejar las armas y evitar a toda costa que se incurra en actos de ilegalidad, teniendo la obligación de respetar a la oposición y lo más importante no defraudar el voto de confianza que se ha depositado en ellos.
 
Por parte de quienes se opongan a los acuerdos debe haber un compromiso con la verdad. No pueden llegar a la ciudadanía indicando que existen acuerdos de impunidad obviando que hay diferentes modelos de justicia; la oposición tiene el deber de “desescalar el lenguaje” a efecto de no promover actos violentos contra desmovilizados. Es obligación decirle a la gente que el tribunal que juzgará los graves hechos que tuvieron lugar con ocasión del conflicto, no será nombrado por las FARC y el Gobierno, sino por una comisión electa por Naciones Unidas, el Estado Vaticano, una importante ONG defensora de derechos humanos y las universidades del país. Deben contarle a la ciudadanía que la misión de observación no solo cuenta con 70 soldados cubanos sino que está compuesta por soldados de diversos orígenes nacionales y que no solo está integrado de ”Castro - Chavistas”. Finalmente explicar las condiciones necesarias para cambiar el modelo económico del país y decir que eso no se logra de un día para otro.  
 
Posterior a esto, se deben afrontar los retos de mediano plazo. De una parte la implementación de los acuerdos comporta que se den los escenarios pacíficos apropiados  para una reforma agraria, tan justa con quienes tienen derechos adquiridos legítimamente como con aquellos que fueron despojados y desplazados del territorio. En materia de justicia el eje deben ser las víctimas, los perpetradores deben asumir su responsabilidad, reconocer tanto el daño causado  como repararlo en todas las maneras posibles. Es una obligación y un deber moral contar lo sucedido, las condiciones en que ocurrieron los hechos y manifestar su arrepentimiento por lo ocurrido.
 
De cara a la participación política del nuevo movimiento que surja de la desmovilización de las FARC, es un deber de sus integrantes no perpetuar las prácticas corruptas y clientelistas que han caracterizado a las elites regionales y nacionales que tienen a su cargo el poder. La sociedad tiene que comprender que la participación política de ex guerrilleros no es una realidad nueva y que es preferible debatir en el congreso de la República que dar continuidad a la violencia en los montes. Respecto de esto la ciudadanía tiene la posibilidad de ejercer la veeduría política, de elegir a sus representantes y de censurar el pasado de quienes se lancen a hacer política a través del voto.
 
Los Colombianos deben auditar el contenido y la ejecución  de los acuerdos, constituirse como garantes de lo acordado a fin de que se materialice conforme se refrendó, sin cambiar en lo más mínimo el pacto original. También es la ciudadanía quien a su cargo tiene la responsabilidad de acudir a las instancias nacionales e internacionales en caso de incumplimiento, pero sobre todo entender que la paz es un proceso que ya comenzó y que no tiene marcha atrás al que todos, sin distinción, debemos apostarle.        
 
En cuanto al largo plazo, es necesario que exista un compromiso adquirido por todas las instancias educativas del pais para preparar a las nuevas generaciones en valores como respeto a la diferencia y los mecanismos para solucionar los conflictos. En ese sentido, estaremos ante un escenario en donde personas que han crecido siendo conscientes de las consecuencias de la guerra, asuman un compromiso con la paz. En lo que respecta a lo gubernamental, el fortalecimiento institucional para la administración de justicia y la garantía para la participación política y de oposición como un ejercicio normal y perfectamente posible, sin que represente taras y aún más importante, peligro para el que lo realice. Por su parte, en el largo plazo las FARC como grupo armado se han comprometido con las herramientas participativas políticas abanderando un proyecto pacífico de oposición donde las armas han sido cambiadas por los discursos, los votos y la representación política.
 
Así pues el escenario colombiano a largo plazo debe estar caracterizado por constituir un espacio incluyente políticamente. A la sociedad civil debera garantizarsele valores tan importantes como el respeto a la diferencia, y el acceso a mecanismos de información y de comunicación. Esto último, a efecto de  visualizar sus necesidades y problemáticas,  que puedan por medio de las herramientas democráticas, ser balanceadas y puestas dentro de la agenda pública sin distinción alguna.
 
La historia colombiana ha traido consigo tantas pérdidas humanas y materiales, que la sociedad en su conjunto debe ser consciente del daño que nos ha provocado la guerra. La sociedad colombiana debe ser capaz de superar las sensaciones negativas provocadas por la guerra y focalizarse en la construcción de una memoria histórica colectiva, lo cual supondra un país menos indolente, donde nos respetemos y preocupemos el uno por el otro.
 
Lo anterior, configura condiciones necesarias para consolidar un proyecto de País serio, donde sin distingo de raza, religión, orientación política o condición sexual, los colombianos tengamos cabida. Un país más viable y más amigable en donde todos apuntamos a un objetivo común a pesar de las diferencias, así las cosas sea entonces ¡Bienvenida la PAZ!  
 

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