“UN ACUERDO DE PAZ AL INTERIOR DE CADA COLOMBIANO”. MÁS PROFUNDO Y NECESARIO QUE LOS ACUERDOS DE LA HABANA.

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En la recién terminada feria internacional del libro de Bogotá (FILBO) tuvo lugar uno de los más amplios debates de la historia en Colombia relacionado a las causas y consecuencias de la guerra, diálogos de paz y posconflicto; todo dentro de un enfoque académico bien determinado, influenciado sin duda por el momento histórico que atraviesa el país.

A pesar de la intención de la organización orientada a entablar escenarios de tolerancia y respeto como valores fundamentales de la paz, un hecho en particular provocó que dicha intención fuera opacada como efecto de la polarización política de la que es objeto la sociedad colombiana. La introducción de una tanqueta del escuadrón antidisturbios (ESMAD) de la policía haciendo las veces de biblioteca móvil desató que por medio de las redes sociales se promoviera una autentica moción social propendiendo por la expulsión de la iniciativa de la FILBO.

Más allá de reprochar o aplaudir la iniciativa, el hecho deja sobre la mesa el debate de sí la sociedad, considerando el grado de división, está dispuesta a promover y percibir acciones que contribuyan a la construcción de paz. En el marco de la discusión, algunos de los argumentos en contra de la iniciativa obedecen a que las acciones de paz y la represión no pueden ser nombradas el mismo día, que no es posible desdibujar para las futuras generaciones el significado de los elementos de la violencia y que estos vehículos no representan nada más que represión y acciones violentas. Incluso personas que representan sectores políticos, que participan a diario en la coyuntura histórica del país sobre la construcción de paz, apoyaron la iniciativa de expulsión de la llamada “bibliotanqueta” con la tesis de que el artefacto nada tiene que ver con la cultura.

No obstante, el debate debe abordarse a profundidad desde otros puntos de vista. Lo acontecido debe ser pensado de modo un poco más trascendental, en ese orden de ideas, resulta válida la pregunta sobre si la sociedad está dispuesta a  apropiarse del proceso de paz con el enfoque adecuado. No es posible desconocer que el verdadero reto de la paz no depende de manera exclusiva de entablar diálogos y de llegar a consensos entre los extremos de un conflicto, sino más bien,  depende del compromiso y de la dinámica social posterior a la firma de un eventual pacto.

Actos como el referido demuestran que la sociedad colombiana no se encuentra en realidad preparada para afrontar el posconflicto, menos para percibir como ciertas acciones de paz propuestas por actores que tradicionalmente han sido asociados con la violencia, son muestra de que aún la intolerancia y el color político configuran la hoja de ruta con relación al proceso de estructuración de una nueva sociedad.

El 24 de junio de 1995, en Johannesburgo, Sudáfrica,  tuvo lugar un acontecimiento histórico de gran relevancia no solo para el deporte, también como ejemplo de paz y reconciliación, en donde los spingbocks (selección de rugby de sudafrica) ganaron el título del mundial de rugby organizado por ese país, hecho cuya trascendencia no solo se limita a lo deportivo, el alcance de este es mucho mayor en tanto que fue el evento deportivo el eje de reconciliación entre blancos y negros en un país sometido a un régimen de apartamiento racial en el marco de un conflicto de varios años. Nelson Mandela, presidente para entonces, utilizó la final de aquel Mundial de Rugby como un instrumento para conseguir el gran objetivo estratégico que se había propuesto: reconciliar a los blancos y los negros y crear las condiciones para una paz duradera en un país que, sólo cinco años antes, cuando él salió de prisión, contenía todos los elementos para una guerra civil[1]. Negar hoy la iniciativa de tener una bibliotanqueta en un evento tan diverso como la Feria Internacional del libro de Bogotá, sería tanto como si en Sudafrica, en su momento, se hubiera promovido la expulsión de jugadores blancos del equipo de rugby por que representaban a la clase que los dividió por años, negando de plano la posibilidad de hacer un giro hacia la reconciliación y la percepción de gestos de paz.
 
Aportar a la paz es un compromiso del fuero interno del individuo, lo cierto es que si los actores sociales se muestran incapaces de promover y consolidar acciones de paz desde diversos escenarios externos al conflicto en sentido estricto, el actual proceso de paz está llamado a fracasar. El espacio propuesto por la policía nacional era propicio para poner a prueba la capacidad de construcción de paz de las personas, la capacidad de tolerar y fomentar la reconciliación; lo sucedido es una radiografía perfecta que demuestra la difícil tarea al futuro, pues pedir la expulsión de un evento público de una iniciativa legítima solo es indicativo de que la sociedad se encuentra polarizada y que no está preparada para asumir como propia la responsabilidad de hacer paz.

La realidad es que las personas más afectadas por el conflicto armado interno, que han sido víctimas directas y que habitan la periferia del país, en muchos casos demuestran una capacidad conmovedora de perdón e intenciones de reconciliación; en contraste, aquellos quienes han vivido el conflicto desde cierta distancia y de manera indirecta, se muestran con frecuencia más renuentes a las iniciativas de paz y en ocasiones son quienes más mensajes de división aportan al debate.

Finalmente el gran movimiento de redes sociales en contra de la “bibliotanqueta” pone en evidencia, en un aspecto positivo, la capacidad de movilización y asociatividad que generan las redes sociales, que con un enfoque solidario consolidan, sin duda, una herramienta valiosa de cara al proceso político; sin embargo, este mismo hecho demuestra la incapacidad de algunos activistas de resignificar los elementos de la violencia, pues una idea compleja y válida quedo, en este caso, relegada a un juicio de valor.
 
Lo cierto es que es una tarea de nación no solo pensar en las iniciativas que aportará la sociedad civil, los empresarios, los desmovilizados y el gobierno desde la institucionalidad, para la construcción de una paz estable y duradera; sino que es sano que pensemos la manera para que los elementos de la violencia, tanto material como simbólica, tengan una utilidad diferente a la tradicional, que puedan ser resignificados y reincorporados como símbolos que contribuyan a la construcción de una sociedad distinta. Así pues, no cabe duda que es mucho más deseable contar con más “báligrafos”, “escopetarras” y “bibliotanquetas” que seguir aumentado las cifras de muertos en un país donde, a esta altura, la violencia sobra.
   
 

[1] Rivas, Pedro y Marrodán, Javier. Sudáfrica: El perdón como motor de la Hsitoria. Revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra.